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LA NO VIOLENCIA COMO FILOSOFÍA Y COMO ESTRATEGÍA
Jean-Marie
Muller (*)
Es necesario
reconocer que la no-violencia es extraña a nuestras culturas. Estas
han otorgado un amplio lugar a la violencia, mientras que no han
otorgado prácticamente ninguno a la no-violencia. La palabra misma de
la no-violencia plantea una cuestión a la cual no estamos seguros de
saber responder. Para la mayoría de nuestros contemporáneos la
no-violencia es percibida a través de confusiones y malentendidos y se
ve desacreditada antes de que se pueda plantear el debate. Por ello es
importante antes que todo superar estos malentendidos y confusiones
para establecer el verdadero significado de la no-violencia. En un
primer momento haré una clarificación conceptual que nos permita
distinguir lo que con frecuencia tenemos el hábito de confundir.
Realizaré una distinción entre lo que es el conflicto, la agresividad,
la lucha, la fuerza y lo que en últimas es la violencia propiamente
dicha.
El
Conflicto
Nos
encontramos continuamente en situaciones de conflictos potenciales. Mi
primera relación con respecto al otro es frecuentemente una situación
de enfrentamiento, de confrontación, de oposición y, por lo tanto, de
conflicto. Mi encuentro con el otro, a quien no conozco, con un
extranjero, es en primer lugar un encuentro incierto, imprevisible,
difícil. Tengo miedo que quien se acerca a mí venga, en cierta medida,
a apropiarse del espacio vital del que yo, en su momento, me he
apropiado. El otro es, frecuentemente, aquel cuyos derechos vienen a
usurpar mis propios derechos, cuyos deseos vienen a contrariar los
míos, cuya libertad arriesga amenazar mi libertad. En pocas palabras,
frecuentemente, percibo al otro como un adversario cuya existencia
constituye una amenaza para mi existencia.
Nos
encontramos, con frecuencia, en una situación donde somos varios a
desear la posesión de un mismo objeto. Si somos dos deseando al mismo
tiempo el mismo objeto nos encontramos ya en una situación de
conflicto a través de la cual identifico al otro como un rival. Imito
el deseo del otro rivalizando por la posesión del mismo objeto.
Si dos niños
se encuentran en una habitación donde tienen a su disposición diez
juguetes, cuando uno de ellos se apropia de uno, ¿qué cree usted que
el otro niño va a desear? Tiene a su disposición nueve juguetes que
podemos pensar tan bellos como el que ha sido tomado. Pero,
evidentemente, va a desear aquel que ha tomado el primer niño, porque
se ha apropiado de ese juguete, precisamente porque es el más
deseable, porque es el que le puede proporcionar más alegría...por lo
tanto, el segundo niño va a dejar desdeñosamente los nueve juguetes
que están a su disposición y va a acercarse a quien se ha convertido
en su rival para intentar apropiarse de ese juguete tan deseable y
disfrutar de él. Probablemente los dos niños llegarán a pelearse con
el riego de romper el juguete, pero, poco importa que el juguete sea
destruido: al menos el otro no podrá disfrutar de él. Y esta rivalidad
tiene una alta posibilidad de engendrar una violencia recíproca, cada
uno imitando la violencia del otro, devolviendo golpe por golpe. He
escogido un ejemplo fácil, haciendo relación a un problema que
concierne niños, pero, ustedes sabrán encontrar, sin dificultad,
problemas análogos relacionando adultos...por lo tanto, la rivalidad
por la posesión de un mismo objeto se convierte en una de las causas
fundamentales del conflicto que opone a los seres humanos.
Podemos
señalar desde ahora que la violencia no ofrece ninguna solución al
conflicto. La violencia aparece no como un arreglo del conflicto sino
como un desarreglo del mismo. Pero hay que desacreditar la violencia y
rehabilitar el conflicto. Existe una confusión inicial que es
necesario aclarar: la no-violencia no presupone un mundo sin
conflictos, no propone huir de los conflictos. La no-violencia no
tiene sus raíces en el sueño de un mundo donde todos serían bellos,
donde todos serían amables, donde todos serían buenos. Ella tiene sus
raíces, al contrario, en la toma de conciencia de nuestra realidad del
mundo que es no solamente un mundo de conflictos, sino un mundo de
violencias.
Debemos
aceptar los conflictos, puesto que el conflicto tiene una función
positiva y constructiva. El conflicto puede ser un medio para crear
con el otro una relación de justicia y de respeto mutuo, de confianza
recíproca y aún de benevolencia recíproca. Es una banalidad decir que
el hombre es un ser de relaciones. La cualidad de su existencia es una
función de la cualidad de sus relaciones con los otros. Debemos
construir estas relaciones a través de la defensa de nuestros
derechos, a los cuales no debemos renunciar y del respeto a los
derechos de los demás. Debemos, por lo tanto, vivir el conflicto,
transformarlo de tal manera que podamos construir una relación de
justicia con los otros.
La
Agresividad
Para vivir
el conflicto debo asumir y expresar mi agresividad. Distingamos la
violencia de la agresividad. La no-violencia no exige y no implica el
rechazo o la castración de la agresividad. Ésta constituye una potente
afirmación de sí mismo, una potencia de combatividad gracias a la cual
no tendré miedo de afrontar al otro a través del conflicto para
hacerme respetar. Agresividad proviene de verbo en Latín aggredi
que significa marchar hacia, avanzar hacia. No existe más violencia en
la agresión que en la progresión que significa marchar hacia delante.
Ser agresivo es, por lo tanto, tener el valor de avanzar hacia el otro
para obtener el reconocimiento de sus derechos. Cuando el esclavo está
sometido a su señor, no existe conflicto. Constituye lo que llamamos
“el orden establecido” que es en realidad un desorden establecido. El
conflicto sólo aparece en el momento en que el esclavo se levanta y
tiene el valor de avanzar hacia su señor para afrontarlo cara a cara y
reivindicar su dignidad y su libertad. En un primer momento, todo el
trabajo de Martin Luther King consistió precisamente en crear el
conflicto entre los negros y los blancos, es decir, despertar la
agresividad de los negros que tenían una gran tendencia a resignarse a
la discriminación racial que se abatía sobre ellos.
Entonces,
hay que crear el conflicto para hacer aparecer la injusticia a la luz
del día. Ciertamente, cuando se crea un conflicto se asume el riesgo
que la violencia estalle. Se le ha reprochado, demasiado, a Martin
Luther King, el haber alborotado la paz social, el haber instaurado el
desorden y el haber provocado la violencia. Pero quien denuncia la
injusticia del orden establecido crea necesariamente el desorden.
La Lucha
Es verdad
que la existencia es una lucha por la vida. Solamente puedo afirmar
mis derechos aceptando el conflicto, expresando mi agresividad y
asumiendo la lucha contra aquellos que no me respetan. Muy
frecuentemente las espiritualidades no han sabido reconocer la
necesidad del conflicto y de la lucha. Muy frecuentemente las
instituciones religiosas han hecho elogio de la paz social
desacreditando la lucha social. Ciertamente, la reconciliación es algo
excelente, pero solamente es posible en la justicia y a la justicia
solamente se llega a través de la lucha. Y, esta lucha no implica ni
el odio ni la violencia.
La
Fuerza
Toda lucha
constituye una prueba de fuerza. Aquí, igualmente, debemos distinguir
claramente el ejercicio de la fuerza del uso de la violencia. La
injusticia es un desequilibrio de fuerzas. La justicia es un
equilibrio de fuerzas. La lucha tiene, precisamente, la función de
re-equilibrarlas, de crear una nueva relación de fuerzas con el
objetivo de crear las condiciones de diálogo entre los adversarios.
Para resolver un conflicto no es suficiente, generalmente, hacer un
llamado al diálogo. En ocasiones se caricaturiza la no-violencia
reduciéndola a la búsqueda del diálogo. Por supuesto que se trata de
agotar las posibilidades del diálogo y toda lucha bien conducida debe
terminarse en él. Pero el diálogo sólo es posible a través del
equilibrio de fuerzas y de la igualdad de poderes.
Cuando me
entrevisté con César Chávez en 1972 en California, cuando organizaba
el boicot a la recolección de la uva para obtener el reconocimiento de
los derechos de los trabajadores agrícolas por parte de los
propietarios de la tierra y cuando ya había obtenido varios contratos
en beneficio de su sindicato. Le pregunté si había logrado “tocar el
corazón” de aquellos para que aceptaran venir a sentarse a la mesa de
negociaciones. Me respondió: “Si, he tocado el corazón de los
propietarios porque su corazón es su billetera y el boicot ha tocado
su billetera”. He aquí el verdadero realismo de la acción no-violenta.
Cuando existen relaciones de dinero entre grupos humanos solamente
será posible obtener justicia para los oprimidos creando una nueva
relación de fuerza que obligue a los opresores al diálogo.
La
Violencia
La violencia
sólo interviene en un conflicto a partir del momento en que uno de los
protagonistas hace pesar sobre el otro una amenaza de exclusión, de
eliminación, en últimas una amenaza de muerte. El conflicto ya no
tiene por función el establecimiento con el otro de relaciones de
justicia, tiene, en adelante, la finalidad de dominar al otro, de
hacerlo a un lado, de callarlo y posiblemente de matarlo. El objetivo
último de la violencia es siempre la muerte, aún si, como sucede
frecuentemente, el proceso de dar muerte no llega a su término.
Toda
violencia que se ejerce contra un ser humano es una violación. La
violación de su personalidad, de su identidad, de sus derechos, de su
cuerpo, la violación, en definitiva, de su humanidad. Sabemos que no
es necesario recurrir a actos de violencia física para violar la
humanidad de otro hombre. La humillación de un niño por un adulto
puede ser una violación profunda de su personalidad que le causará
profundos traumatismos, graves heridas. Pero lo es también cuando se
presenta la humillación de un inferior por un superior en el marco de
una estructura social jerárquica.
Es esencial
dar una definición de la violencia de manera que no se pueda decir que
puede existir una violencia buena. Existe en toda violencia una parte
irreductible de injusticia con respecto a quien la soporta y esta
injusticia es en sí misma injustificable. Nos es necesario tener sobre
la violencia una mirada que nos dé la convicción de que ella
constituye la perversión radical de mi relación con el otro. Si la
vocación de todo ser humano es la de crear con el otro una relación de
respeto mutuo y de benevolencia recíproca, entonces, la violencia es
siempre un fracaso, un drama y una desgracia. La violencia constituye,
en primer lugar, la violación de la humanidad de quien la ejerce. La
violencia hiere primero la humanidad del violento. La filósofa Simone
Weil decía que la violencia hace de quien la soporta una cosa. El
hombre deja de ser tratado como sujeto para serlo como objeto. Deja de
ser considerado con un fin para serlo solamente como un medio. Al
tomar la espada como símbolo de la violencia, Simone Weil afirmaba que
el frío del acero es igualmente mortal tanto en la empuñadura como en
la punta.
A partir de
esta mirada sobre la violencia, somos conducidos a rechazar cualquier
justificación de la misma. La violencia no puede justificarse nunca
porque ella jamás es justa.
La
no-violencia
Podemos
ahora precisar la significación de la no-violencia. Decir no a la
violencia no es negar la violencia. Al contrario, la no-violencia no
tiene sus raíces en un realismo inferior con respecto a la violencia
sino en un realismo superior con respecto a ella desde cualquier
perspectiva. Se trata de asumir toda la medida de la violencia, de
evaluar en toda su dimensión su peso en nuestra propia existencia y en
nuestra historia colectiva. Decir no a la violencia optando por la
no-violencia es decir no a todas las justificaciones y a todas las
legitimaciones que hacen de la violencia un derecho del hombre. Lo que
caracteriza la cultura de la violencia no es tanto ella misma como su
justificación. En otros términos, justificar la violencia es
cultivarla y cultivarla es recolectar sus frutos envenenados.
Conocemos la historia: es nuestra historia.
El hombre es
un animal capaz de ejercer la violencia y, ciertamente, el animal
capaz de la más grande crueldad con respecto a sus semejantes. Es
hablar mal de los animales afirmar que los hombres violentos se
comportan como bestias. La violencia no es parte de la animalidad sino
de la inhumanidad, lo que es mucho más grave. Pero, el hombre es
igualmente un animal jurídico. El ha tenido siempre necesidad de
justificar su comportamiento tanto con respecto a sí mismo como con
respecto a los demás. Justificar la violencia es declarar inocente al
asesinato. Desde el momento en que la violencia se justifica no existe
ningún freno al desarrollo dela misma. Ésta se convierte en un
engranaje puro, en un mecanismo puro. Es lo que vemos en todas las
partes donde el proceso de la violencia se engrana: nada puede
detenerla. Por ello es vital rechazar todas las construcciones
racionales que nos son ofrecidas por las ideologías dominantes para
permitirnos justificar nuestras violencias y declararnos inocentes.
Fue Gandhi
quien nos proporcionó el término de no-violencia. A comienzos de los
años 20 del siglo pasado tradujo la palabra en Sánscrito ahimsa
por la palabra en Inglés “non-violence”. Este término está compuesto
por el prefijo privativo a y del sustantivo himsa que
significa el deseo de violencia que existe en cualquier ser humano. El
otro es ante todo quien nos descompone, nos trastorna, nos molesta,
quien quiere tomar nuestro lugar. Debemos tomar conciencia de este
deseo de violencia que se encuentra en nosotros y que contradice
nuestra vocación hacia la humanidad. Nos corresponde, entonces,
dominarlo, amaestrarlo, no rechazarlo. Será necesario transformarlo,
transmutarlo, convertirlo para que su propia energía deje de ser
destructiva y se vuelva constructiva
La mejor
definición de no-violencia que encontré en los 90 volúmenes de las
obras completas de Gandhi es: “La no-violencia perfecta es la ausencia
total de male-volencia con respecto a todo lo que vive”. Es importante
señalar que Gandhi proporciona en primer lugar un significado negativo
de la no-violencia: ‘ausencia de male-volencia’. Esto nos permite
suponer que nuestro primer reflejo, nuestra primera reacción, nuestra
primera inclinación hacia el otro es la male-volencia. Gandhi afirma,
justo después, que la no-violencia se expresa por la bene-volencia con
respecto a todo lo que vive, es decir, por la bondad. El hombre es,
por lo tanto, invitado a dominar su inclinación a la male-volencia
para hacer prueba de su bene-volencia con respecto al otro, a
transformar su hostilidad en hospitalidad...las dos palabras tienen la
misma raíz etimológica.
¿Cuál es la
Naturaleza del Hombre?
Una pregunta
se nos plantea de manera obsesiva: ¿Por qué el hombre ha sido capaz de
la peores violencias con respecto a otro hombre?. Es una pregunta que
ha hecho correr mucha tinta: ¿es el hombre bueno por naturaleza o, al
contrario, es malévolo? Creo, en últimas, que es una pregunta mal
planteada. En realidad, está en la naturaleza del hombre ser al mismo
tiempo capaz de ser bueno y de ser malo. El hombre es, a la vez, capaz
de male-volencia y de bene-volencia, de bondad y de maldad, de amor y
de crueldad, de ternura y de odio. Si existen en la naturaleza del ser
humano estas dos capacidades, estas dos potencialidades, la pregunta
que se plantea a cada uno de nosotros es cuál parte de nosotros mismos
vamos a cultivar. Solamente podemos cultivar lo que nos ofrece la
naturaleza. La cultura es desarrollar lo que ya se encuentra en germen
en la naturaleza. Ahora bien, precisamente, el hombre social ha,
sobretodo, cultivado la violencia. Esto se manifiesta,
particularmente, a través de las tradiciones militares que han
dominado nuestras culturas. El héroe que se propone a nuestra
admiración, que pertenece a la historia o a la leyenda, es siempre un
héroe violento.
La cultura
necesita instrumentos, herramientas. Ahora bien, nuestras sociedades
han privilegiado la fabricación de instrumentos de violencia. Se
puede, aún más, hablar de una verdadera cultura de las armas. Pensemos
lo que representa en nuestras tradiciones culturales el símbolo de la
espada. La espada simboliza el coraje, la nobleza. Y, mientras
fabricábamos y admirábamos las armas de la violencia no hemos forjado
los instrumentos de la no-violencia. Mientras que nuestros niños
aprendían el manejo de las armas de la violencia, no fueron preparados
a poner en marcha los métodos de la acción no-violenta.
Se ha dicho,
frecuentemente, que porque es negativa, la palabra no-violencia había
sido mal escogida. En realidad esta palabra es decisiva por su misma
negatividad puesto que permite, ella sola, deslegitimizar la violencia
al rechazar todas sus justificaciones. Ustedes observarán que la
exigencia universal de la conciencia razonable se expresa, igualmente,
de manera negativa a través del imperativo: “No matarás”. No me sitúo
aquí en una perspectiva religiosa. Las religiones, por otra parte, han
respetado muy mal esta exigencia inventando las doctrinas de la guerra
justa y aún de la guerra santa. Me sitúo aquí en el plano de la
filosofía.
La
necesidad no genera legitimidad
Puede darse,
sin embargo, que me encuentre en una situación en la cual no pueda
hacer otra cosa que portarme violentamente con respecto a otro, aún
llegar a matarlo. Pero, debemos atenernos a un principio esencial:
la legitimidad no surge de la necesidad. Aún en situaciones donde
parece necesaria, la violencia no se convierte en legítima. Justificar
la violencia bajo la cobertura de la necesidad es transformarla en
necesaria. Es justificar, por anticipado, las violencias futuras y
encerrar el porvenir en la necesidad de la violencia. En el mismo
momento en que me encuentro obligado por la necesidad a recurrir a la
violencia es cuando debo, más que nunca, recordar que es la exigencia
de la no-violencia la que fundamenta mi humanidad. Y debo esforzarme
de manera que la siguiente ocasión en que me encuentre en una
situación similar esté en capacidad de escapar a la necesidad de la
violencia. Soy responsable de las violencias necesarias en la medida
que no he hecho nada para ser capaz de recurrir a la no-violencia.
Simone Weil lo dice claramente: “Esforzarse en transformarse de tal
manera que se pueda ser no-violento”. Todo está dicho y bien dicho. La
no-violencia es una conquista e implica un aprendizaje.
En un texto
escrito al comienzo de la segunda Guerra Mundial y titulado “Consideraciones
Actuales sobre
la Guerra y sobre la Muerte”
Freud hizo la siguiente aclaración: “Cuando una decisión haya puesto
fin al salvaje enfrentamiento de esta guerra, cada uno de los
combatientes victoriosos regresará alegre a su hogar, re-encontrará su
esposa y sus hijos, sin preocuparse ni inquietarse por el pensamiento
de los enemigos que habría matado cuerpo a cuerpo o por medio de un
arma de largo alcance”.
De esta manera, el hombre civilizado no tiene ningún sentimiento de
culpabilidad con respecto al asesinato. Al contrario, demuestra su
satisfacción, su orgullo y su alegría. Refiriéndose a los trabajos de
varios etnólogos, Freud señala que las situación era distinta en el
hombre primitivo: “El salvaje –anota- no es asesino impenitente.
Cuando regresa victorioso del sendero de la guerra no tiene derecho de
ingresar a su pueblo ni de tocar a su esposa antes de haber expiado
sus asesinatos de guerra a través de penitencias frecuentemente largas
y penosas”.
Para Freud es necesario comprender estos actos de penitencia cumplidos
por el salvaje como “la expresión de su mala conciencia relacionada
con su crimen de sangre”. El fundador del psicoanálisis concluyó
señalando que el hombre primitivo daba prueba de una “delicadeza moral
que se perdió en nosotros, hombres civilizados”.
De esta manera, el hombre verdaderamente “civilizado” si se encontró
en la trampa de la necesidad que lo obligó a matar su adversario, no
tiene el gusto de celebrar una victoria, no busca disculparse a través
de ninguna justificación, al contrario, asume el duelo por aquel que
murió por sus manos.
Conviene
distinguir bien, no para separarlas, sino para no confundirlas, la
no-violencia como filosofía, que constituye la búsqueda de un sentido
a la existencia y a la historia y la no-violencia como estrategia, que
es la búsqueda de la eficacia en la acción. La filosofía es el amor de
la sabiduría. La filosofía implica una escogencia, una opción, una
decisión personal. Pero, es necesario que el individuo pueda hacer
esta escogencia en pleno conocimiento de causa. Para ello, es
necesario que este conocimiento le sea propuesto en el marco de la
enseñanza. Debe ser el objeto de la educación. Pero, ¿no es uno de los
dramas de nuestras sociedades que la educación no ofrece a nuestros
hijos una enseñanza sobre la no-violencia? ¿Cuáles son los momentos,
cuáles son los lugares que son propuestos a nuestros hijos para que
ellos puedan reflexionar sobre la no-violencia? La educación sólo
ofrece a los jóvenes un saber tecnológico que tiene como objetivo
volverlos competitivos en la rivalidad económica que pronto los va a
oponer. Y este aprendizaje tiene el riesgo de no darles el espacio
para reflexionar sobre el sentido mismo de su existencia y de
construir convicciones fuertes para afrontar el porvenir. Ciertamente,
habría que re-pensar la educación en este sentido.
La
Estrategia de la Acción No-Violenta
Esta
sabiduría no debe conducirnos a retirarnos del mundo para cultivar
nuestro jardín interior. Al contrario, debe conducirnos a
comprometernos en los conflictos del mundo por la justicia y la
libertad. Hacer prueba de benevolencia con respecto a aquellos que
sufren una situación de injusticia, consiste en manifestarles nuestra
solidaridad, es estar prestos a actuar en su favor y, cuando la
oportunidad lo amerite, realizar con ellos una lucha para que obtengan
el reconocimiento de sus derechos.
Uno de los
principios fundamentales de la estrategia de la acción no-violenta es
la búsqueda de medios que sean coherentes con el fin. Es necesario
rechazar, de una vez por todas el viejo adagio según el cual: “el fin
justifica los medios”, lo que quiere decir que un fin justo justifica
medios injustos. Otro proverbio expresa mejor la sabiduría de las
naciones: “Quien quiere el fin quiere los medios”, con la condición
que lo entendamos correctamente, es decir: “Quien quiere un fin justo
debe querer medios justos”. Mientras, podemos ponernos de acuerdo,
bastante rápido, con respecto al fin: ¿No busca todo el mundo el bien
de la humanidad, no pretende todo el mundo desear la justicia? La
cuestión verdadera es la de los medios. El siglo XX fue dominado por
ideologías que afirmaban que la violencia era el medio necesario,
legítimo y honorable para actuar en la historia y debemos claramente
reconocer, hoy, el fracaso de esas ideologías. La ideología comunista
tenía, sin ninguna duda, por fin la construcción de una sociedad donde
no existiría más la explotación del hombre por el hombre.
Desafortunadamente, muy rápido fue evidente que los medios puestos en
acción, precisamente los de la violencia, estaban en contradicción con
este fin y que éste era sin cesar alejado hacia mañanas que nunca
llegaron.
Es
conveniente conjugar la esperanza en el presente ya que siempre
estamos tentados a hacerlo en el futuro. En contraparte, la promesa
que expresa la violencia se conjuga siempre en el futuro. Se cuenta la
historia de un barbero que había colocado en su peluquería una
pancarta donde se podía leer: “Mañana afeito gratuitamente”, pero,
cada mañana olvidaba de cambiar la pancarta, de manera que el día de
la afeitada gratis era siempre pospuesto para más tarde y cada día
había que pagarla...Pues bien, creo que los violentos llevan una
pancarta del mismo tipo: “Mañana traeremos la paz” y olvidan,
igualmente, cada mañana, de cambiarla. Y cada día es un día de
destrucción y de muerte. La no-violencia quiere conjugar la justicia,
la libertad y la dignidad en el presente. Quiere utilizar solamente
medios que ya, por sí mismos, realicen este fin. La victoria de la
no-violencia se encuentra ya en la acción no-violenta, puesto que ésta
da sentido al presente.
El
Principio de No-Cooperación
¿Cuál era el
análisis de Gandhi con respecto al colonialismo británico? Decía: lo
que constituye la fuerza de la opresión colonial británica no es tanto
la capacidad de violencia de los ingleses como la capacidad de
resignación, de sumisión, de obediencia pasiva de los indios.
Afirmaba; “No son tanto los fusiles británicos los responsables de
nuestra sujeción sino nuestra cooperación voluntaria”. “Por lo tanto,
para liberarse del yugo que los oprime, los indios deben cesar toda
cooperación con el sistema colonial, con sus leyes y con sus
instituciones”. “Una nación de 350 millones de personas –aseguraba
Gandhi- no tiene necesidad del puñal del asesino, no tiene necesidad
de la copa de veneno, no tiene necesidad de la espada, de la lanza o
de la bala de fusil. Solamente tiene necesidad de querer lo que ella
quiere y ser capaz de decir «No» y esta nación aprende hoy a decir
«No»”.
Ciertamente,
toda vida en sociedad implica la existencia de leyes. Cuando queremos
jugar en grupo debemos elaborar una regla del juego y éste sólo es
posible si cada uno la respeta. Quien hace trampa se elimina a sí
mismo. En una sociedad democrática la función de la ley es la de
garantizar la justicia para todos los ciudadanos y, particularmente,
para los más desfavorecidos y los más débiles entre ellos. Gandhi, que
era abogado, tenía clara conciencia que el buen ciudadano debe
obedecer las buenas leyes que protegen los derechos de los más pobres
contra los más poderosos. Pero, desafortunadamente, las leyes son,
generalmente, elaboradas por los poderosos y no es raro que ellas
tengan por función la defensa de sus privilegios. El ciudadano
responsable debe desobedecer las leyes injustas. Lo que fundamenta la
ciudadanía no es la disciplina sino la responsabilidad. Ser
responsable es aprender a juzgar la ley antes que obedecerla. La
obligación de la ley no debe borrar la responsabilidad de la
conciencia de los ciudadanos. Es una equivocación implantada por las
ideologías dominantes la conversión de la obediencia en virtud. Y las
religiones han jugado su parte al compartir este error funesto al
pretender que toda autoridad provenía de Dios.
Nuestras
democracias son solamente democracias de representación fundadas sobre
la ley de la cantidad. Pero la ley de la mayoría no garantiza el
respeto del derecho. Ser verdaderamente demócrata no es respetar la
ley sino respetar el derecho. Esta es la razón por la cual la
desobediencia civil a las leyes injustas es un deber cívico. ¿Por qué
llamamos a la desobediencia civil? La palabra civilis tiene dos
sentidos. En primera instancia se opone a militaris: es civil
lo que no es militar. Pero, no es en este sentido que la desobediencia
es civil. Existe, un segundo significado de la palabra civilis,
que la opone a criminalis: es civil lo que no es criminal.
Encontramos esta misma raíz etimológica en las palabras civilidad,
civilizado...
Entonces, la
desobediencia es civil en el sentido que no es criminal, en el sentido
que es respetuosa de la vida de todos los ciudadanos, aunque sean
adversarios políticos, es decir, en últimas, en el sentido que ella es
no-violenta. La desobediencia “criminal”, es decir, que no es “civil”,
es la violencia. Toda violencia, en efecto, es una desobediencia a la
ley que prohíbe a los ciudadanos cualquier recurso a la violencia.
Según su definición clásica, el Estado es la institución que, en un
territorio determinado, posee el monopolio de la violencia legítima.
El Estado justifica este monopolio, que desarma a los ciudadanos,
afirmando que así asegura la paz pública. Sabemos bien que, en la
realidad, las cosas frecuentemente suceden de manera diferente y que
el Estado no vacila a recurrir a la violencia para hacer prevalecer su
razón privando a los ciudadanos de sus libertades fundamentales
Desafiar la Represión
Toda acción
directa no-violenta, y particularmente, toda acción de desobediencia
civil constituye un desafío a los poderes públicos. Quien infringe la
ley se coloca a sí mismo, deliberadamente, en una situación en la que
se arriesga a sufrir la represión. La coherencia de la acción
no-violenta exige, en efecto, hacer frente a la represión. El hecho de
obligar al Estado a recurrir a los medios de coerción con respecto a
los ciudadanos desobedientes constituye un elemento esencial de la
estrategia de la acción no-violenta. Esta represión hará aparecer en
la plaza pública lo que verdaderamente está en juego en el conflicto y
la opinión pública va a encontrarse testigo y tendrá, de alguna
manera, que pronunciarse.
La lucha
no-violenta no es una estructura bipolar. No se reduce al
enfrentamiento entre, de una parte, los resistentes y, de otra parte,
quienes tienen el poder de decisión, quienes toman las decisiones. La
estructura de la lucha no-violenta es tripolar. Se crea lo que llamo
una “triangulación” del conflicto. El tercer polo del conflicto es la
opinión pública. Hay, por lo tanto, tres actores: los resistentes, los
que toman las decisiones y la opinión pública. Y la batalla decisiva
es la de la opinión pública. Convencer a quienes toman las decisiones
será muy difícil, en particular si se trata de los poderes públicos.
Ciertamente, quienes toman las decisiones son mujeres y hombres y, no
digo esto por principio, quienes, como cualquiera, están en capacidad
de comprender las exigencias de la justicia. Pero, al mismo tiempo,
tienen el riesgo de encontrarse prisioneros de su propio poder, de ser
los rehenes del sistema que tienen por función defender. Si no se
dejan convencer por lo justo de nuestra causa, posiblemente se vean
obligados por la presión de la opinión pública. Por esta razón debemos
esforzarnos en convencer a la opinión pública, es decir, posiblemente
no la mayoría de nuestros conciudadanos, pero, al menos a una fuerte
minoría de entre ellos
La
escogencia de la no-violencia puede ser decisiva para ganar la batalla
de la opinión pública. El recurso a la violencia tiene el fuerte
riesgo de desacreditar a los resistentes ante el hombre de la calle.
Al utilizar la violencia no creamos un debate público sobre la
injusticia que combatimos, sino sobre la violencia que cometemos.
Podemos estar seguros, son las imágenes de las violencias que
cometemos las que serán la primicia de los medios de comunicación y
éstas sólo podrán indisponer a la opinión pública. La violencia es una
pantalla entre los actores de la resistencia y la opinión pública que
oculta a sus ojos lo bien fundado de la causa por la cual se libra la
batalla. La violencia hace aparecer a los resistentes como
destructores y justifica la represión de que son objeto, ya que es
lógico que quienes destruyen paguen. No tengo nada que decir si me
encuentro en prisión a causa de una acción violenta. Al contrario, si
me encuentro en ella a causa de una acción no-violenta, puedo expresar
las razones por las cuales estoy allí. La no-violencia no permite
evitar la represión pero la priva de cualquier justificación. Y es la
violencia de la represión la que tiene el riego de desacreditar
altamente a los poderes públicos. Aquí, la escogencia de la
no-violencia no es una cuestión de moral sino de realismo y eficacia.
Existen, por
lo tanto, serios argumentos de orden estrictamente estratégico para
valorar la opción de la no-violencia. La acción directa no-violenta es
necesaria a la respiración de la democracia. No es verdad que los
buenos ciudadanos deban votar para elegir sus representantes en las
diferentes instancias políticas. En realidad, a través del voto el
ciudadano delega su poder, no lo ejerce. ¿Por qué hablar de acción
directa? Porque se trata de actuar directamente en la plaza
pública de la ciudad, sin pasar por la intermediación de las
instituciones sociales o políticas. Todo lo que está en juego en los
movimientos de resistencia civil es la creación de un espacio público
en donde los ciudadanos pueden tomar la palabra para expresarse
directamente con la intención de dirigirse a la vez a la opinión
pública y a los poderes públicos. La acción directa y la resistencia
civil son compromisos esencialmente cívicos y los poderes públicos
estarían en mala posición para acusar a quienes asumen la
responsabilidad de incivilidad.
Deberíamos
ponernos todos de acuerdo sobre algunas propuestas tan simples como
elementales. Si la no-violencia es posible, es preferible -¿no
es cierto?- y si la no-violencia es preferible, debemos estudiar
sus posibilidades -¿no es esto lógico? Ahora bien, precisamente,
es esto, lo que hasta el presente no hemos hecho. Mi propuesta es, por
lo tanto, humilde y modesta: estudiemos las posibilidades de la
no-violencia comenzando por el comienzo. No se trata de situarnos en
una problemática de todo o nada. Pero reconozcamos que, en lo
referente a la no-violencia, estamos más cerca de nada que de todo. No
soñemos, pero tengamos la sabiduría de alejarnos de nada. Si no, no es
seguro que podamos enseñarle la esperanza a nuestros hijos.
(*)
Jean-Marie Muller, filósofo y escritor francés.
Miembro fundador del
Mouvement pour une Alternative Non-violente, Director de investigación
en el Institut de Recherche sur la Résolution Non-violente des
Conflits.
Autor de varias obras, ha publicado, especialmente
Le principe de la non-violence (Marabout), Gandhi l’insurgé
(Albin Michel) y Vers une culture de la non-violence (Dangles).
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